Los mexicas no celebraban a sus muertos el 2 de noviembre. Para ellos, morir podía ser el principio de un viaje de cuatro años hacia el Mictlán, el lugar de los muertos: montañas que chocaban, un viento de obsidiana y, al final, un río que solo se podía cruzar a lomos de un perro. Pero no de cualquier perro. Esta es la historia de ese viaje y de cómo, siglos después, acabó convertido en la fiesta que conocemos hoy.

El documental completo: «Antes del Día de los Muertos existía el Mictlán: el viaje de 4 años de los muertos aztecas».

Las claves de esta historia

Cómo moríasEl destino tras la muerte no dependía de cómo habías vivido, sino de cómo morías.
El viajeQuien moría de vejez o enfermedad caminaba cuatro años hasta el Mictlán.
El perro bermejoSolo un perro de pelo rojizo, bien tratado en vida, cruzaba a los muertos el último río.
El Día de MuertosLas fechas llegaron con los españoles; las comunidades indígenas las llenaron con sus ofrendas.

Lo que importaba era cómo morías

Para los mexicas, lo que te esperaba al morir no dependía de cómo te habías portado en vida, sino de la manera en que llegaba la muerte.

Si caías en combate o en sacrificio, acompañabas al Sol en su recorrido por el cielo y, pasados cuatro años, volvías a la tierra como colibrí o mariposa. Las mujeres que morían al dar a luz recibían los honores de un guerrero: se las consideraba caídas en su propia batalla. Quienes se ahogaban o morían alcanzados por un rayo iban al Tlalocan, el paraíso verde y húmedo de Tláloc, el dios de la lluvia.

Pero si morías de vejez o de una fiebre cualquiera, como le ocurría a casi todo el mundo, tu destino era el Mictlán. No era un castigo. Era, sencillamente, el lugar al que iban la mayoría de los muertos.

Preparar al muerto para el camino

Imaginemos a un campesino de Tenochtitlan. No sabemos su nombre. Sabemos que, como muchos, vivía con un perro. Una fiebre se lo lleva en pocos días, y su familia lo prepara para el viaje.

Lo envuelven en mantas, sentado, con las rodillas contra el pecho, y le dejan agua para el camino. En la boca le colocan una piedra: si hubiera sido noble, una piedra verde fina; como es humilde, una piedra corriente. Allá abajo le servirá de corazón. Le dan papeles de amate que deberá entregar por el camino.

Y le dan un compañero de viaje: un perro, con un hilo de algodón atado al cuello, que es sacrificado para acompañar a su dueño. Después lo despiden con fuego, y queman también su ropa. Según fray Bernardino de Sahagún, para que le abrigue en el tramo más duro del camino.

Montañas que chocan y un viento de obsidiana

Los relatos no dibujan siempre el mismo camino. En el que recogió Sahagún en el siglo XVI con informantes nahuas, al muerto le esperaban pruebas sucesivas. Primero, dos sierras que se juntaban una contra otra y que había que atravesar antes de que se cerraran. Después, senderos vigilados por una serpiente y por una lagartija verde. Luego, ocho páramos y ocho collados. Los días se convertían en años.

Y lo peor aún estaba por llegar: el viento de obsidiana, un viento cargado de navajas. Para resistirlo servía la ropa que la familia había quemado en la pira. Otras fuentes, como el Códice Vaticano A, ordenan el inframundo en nueve niveles; el relato de Sahagún prefiere la imagen de un camino lleno de obstáculos.

El perro que te reconocía

Al final del camino esperaba un río ancho y profundo, imposible de cruzar solo. En la orilla aguardaban los perros, y aquí está la condición que casi nunca se cuenta: su color.

Según el relato recogido por Sahagún, el perro blanco se negaba diciendo «yo ya me lavé», y el negro, «yo ya me manché de negro». Solo el perro bermejo, de pelo rojizo, llevaba a los muertos a la otra orilla. Y solo si en vida lo habían tratado bien.

Al otro lado esperaban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, los señores de los muertos, a quienes el difunto entregaba sus papeles y ofrendas. Sahagún describe ese destino como el lugar donde los difuntos terminaban de extinguirse. El viaje no conducía a una recompensa. Conducía al final.

Del Mictlán al Día de Muertos

Los mexicas tenían celebraciones dedicadas a los muertos en otros momentos de su calendario, como las fiestas de Miccailhuitontli y Huey Miccailhuitl, ligadas también al ciclo de los cultivos. No caían el 1 y el 2 de noviembre.

Esas fechas llegaron con los españoles: son el Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, fiestas católicas de la Europa medieval. Las comunidades indígenas las llenaron con lo suyo: comida, flores y ofrendas para quienes ya no estaban.

Después llegaron más capas. La Catrina nació hacia 1910 como una caricatura del grabador José Guadalupe Posada, que se burlaba de quienes fingían ser europeos. Diego Rivera le dio su nombre definitivo en un mural de 1947.

Lo que sobrevivió

Si se mira un altar de hoy con atención, todavía aparecen ecos de aquel viaje. Un vaso de agua, que se dice que es para la sed del camino. Comida para quien llega de muy lejos. Y, cada vez más, un perro.

Hoy lo imaginamos como un xoloitzcuintle, una raza mexicana antiquísima cuyo nombre procede de Xólotl, un dios ligado a la muerte. El relato de Sahagún se fijaba en su color; la tradición actual le ha dado un rostro.

El altar que vemos hoy no es una ventana intacta al mundo mexica. Es la huella de siglos buscando cómo seguir cerca de quienes ya no están. Como otros viajes al inframundo, del rapto de Perséfone a la búsqueda de la inmortalidad de Gilgamesh, habla menos de la muerte que de quienes se quedan.

Cambia la forma de recordar. Aunque siga doliendo la misma ausencia.

Cronología

  1. 1325Fundación de Tenochtitlan según la tradición mexica.
  2. 1519Llegan los españoles a la costa; Moctezuma II gobierna Tenochtitlan.
  3. 1521Caída de Tenochtitlan.
  4. c. 1545–1577Bernardino de Sahagún recoge con informantes nahuas los relatos del viaje al Mictlán.
  5. c. 1910José Guadalupe Posada graba la calavera que acabará llamándose Catrina.
  6. 1947Diego Rivera le da el nombre de Catrina en su mural de la Alameda Central.
  7. 2008La UNESCO inscribe las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial.

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Preguntas frecuentes

¿Qué es el Mictlán?

Era el lugar de los muertos en la religión mexica, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Allí iban quienes morían de vejez o enfermedad, es decir, la mayoría de las personas.

¿Cuánto duraba el viaje al Mictlán?

Según los relatos recogidos por Bernardino de Sahagún, el difunto tardaba cuatro años en llegar, atravesando montañas que chocaban, páramos y un viento de obsidiana.

¿Por qué un perro llevaba a los muertos?

Al final del camino había un río que no se podía cruzar solo. Según Sahagún, solo un perro bermejo, de pelo rojizo, cruzaba a los muertos, y solo si en vida lo habían tratado bien.

¿El Día de Muertos viene de los mexicas?

En parte. Los mexicas honraban a sus muertos en otras fechas de su calendario. El 1 y el 2 de noviembre son fiestas católicas que llegaron con los españoles y que las comunidades indígenas llenaron con sus propias ofrendas.

¿Quién creó la Catrina?

El grabador José Guadalupe Posada la dibujó hacia 1910 como una caricatura de quienes fingían ser europeos. Diego Rivera le dio el nombre de Catrina en un mural de 1947.

Fuentes y bibliografía

  • Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, libro III, apéndice
  • Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes
  • Alfredo López Austin, Cuerpo humano e ideología: las concepciones de los antiguos nahuas
  • Códice Vaticano A (3738)
  • UNESCO, «Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos» (2008)

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