Son las cinco de la tarde. Un perro se sienta en su sitio de siempre, frente a la salida de la estación de Shibuya. Llega un tren, se abren las puertas y cientos de personas pasan a su lado mientras él busca una sola cara. No aparece. Espera al siguiente, y al otro. Cuando oscurece vuelve a casa, y al día siguiente regresa. Lo hará durante casi diez años. Se llamaba Hachi, y esta es su historia real, incluida la parte que la película no cuenta.
Las claves de esta historia
Un cachorro en la oscuridad
Noviembre de 1923. En Ōdate, una ciudad del norte de Japón que pasa medio año bajo la nieve, nace en una granja un cachorro de akita, una raza de cazadores de montaña fuerte y leal. En Tokio, alguien lo había pedido expresamente: un profesor universitario que llevaba tiempo buscando un akita de pura raza.
Meten al cachorro en una caja y lo envían en el vagón de equipajes. Dos días de viaje, solo, a oscuras y con el estruendo del tren. Cuando la caja llega a la estación de Shibuya en enero de 1924, el animal está tan débil que parece que no va a sobrevivir.
El profesor Ueno
El hombre que abre la caja se llama Hidesaburō Ueno, profesor de agronomía en la Universidad Imperial de Tokio. Un hombre serio, pionero en su campo y apasionado de los perros. Tenía otros en casa, pero con este fue distinto: lo cuidó hasta que se recuperó y lo llamó Hachi, «ocho» en japonés, un número que allí trae buena suerte. El «-kō» llegaría después, cuando todo el país empezó a hablar de él con cariño.
Cada mañana, Ueno se ponía el sombrero, cogía su cartera y caminaba hasta la estación de Shibuya. Hachi lo acompañaba hasta la puerta, ni un paso más. Por la tarde, cuando se acercaba la hora, salía de casa, caminaba hasta la estación y se sentaba a esperar. Llegaba el tren, se abrían las puertas y allí estaba él. Volvían juntos. Así, día tras día, durante más de un año.
El 21 de mayo de 1925
Aquella mañana todo fue normal. Ueno sale de casa, Hachi lo acompaña a la estación y el profesor sube al tren. En la universidad, en el despacho de un colega, se desploma: una hemorragia cerebral. Tiene 53 años y no volverá a despertar.
Esa tarde, en Shibuya, un perro está sentado frente a la estación. Llega un tren, se abren las puertas y cientos de personas pasan a su lado. La cara que busca no aparece. Hachi espera hasta que oscurece y vuelve a casa. Nadie puede explicarle lo que ha pasado. Cuentan que durante el funeral no quiso comer y se tumbó junto a la ropa de su dueño, como si aún conservara su olor. Es difícil saber qué es verdad y qué es leyenda. Lo que vino después está documentado, y es mucho más duro.
La parte que la película no cuenta
La casa de Ueno se queda vacía. Su compañera, Yaeko Sakano, había vivido con él casi diez años, pero no estaban casados. En el Japón de 1925, eso significaba que no tenía derecho a nada: ni a la casa ni, en la práctica, al perro. Hachi empieza a pasar de mano en mano, primero con un familiar y luego con una familia al otro lado de Tokio. No se adapta. Se escapa una y otra vez, y siempre vuelve a Shibuya.
Al final lo acoge el jardinero de Ueno, Kikusaburō Kobayashi, que vive cerca de la estación. Kobayashi entiende algo que los demás no habían entendido: a ese perro no se le podía encerrar. Así que lo deja ir.
Durante años, Hachi no fue símbolo de nada. Era un perro callejero sentado a la entrada de la estación. Molestaba. Lo echaban a patadas, le pintaban la cara, y los vendedores de yakitori, las brochetas que se vendían junto a la estación, le tiraban agua para espantarlo. Aun así volvía cada tarde, al mismo sitio y a la misma hora. Un año, tres, siete. Nadie sabía quién era ni a quién esperaba.
El perro que conmovió a Japón
Hasta que alguien se hizo la pregunta. Hirokichi Saitō era un experto obsesionado con salvar las razas de perro japonesas, entonces al borde de la extinción. Un día vio a aquel akita en Shibuya, lo siguió y acabó en casa de Kobayashi, que le contó toda la historia.
Saitō empezó a escribir sobre él, y el 4 de octubre de 1932 el Asahi Shimbun, uno de los periódicos más importantes del país, publicó la historia. Todo Japón supo que en Shibuya había un perro que llevaba siete años esperando a un hombre muerto. Todo cambió de la noche a la mañana: la gente viajaba a Shibuya solo para verlo y le llevaba comida, en las escuelas se convirtió en ejemplo de lealtad y el país empezó a llamarlo con un sufijo de afecto y respeto: Hachikō.
El 21 de abril de 1934 ocurrió algo que nunca le había pasado a un animal en Japón: se inauguró una estatua de bronce en su honor a la entrada de la estación. Hachikō estaba allí, vivo, sentado junto a su propia estatua, probablemente sin entender nada. Él solo esperaba.
¿Esperaba a Ueno o a la comida?
Hay quien sostiene que Hachikō no esperaba a nadie: que iba a la estación porque los puestos de yakitori le daban las sobras y que la lealtad fue un invento de los periódicos. En 2011, cuando científicos japoneses volvieron a examinar sus restos, encontraron algo que parecía darles la razón: cuatro palillos de brocheta en su estómago.
¿Caso cerrado? No del todo. Primero, Hachi empezó a ir a la estación cuando Ueno estaba vivo, y a la hora exacta de su tren. Segundo, durante años esos vendedores no lo alimentaban: le tiraban agua para que se marchara. Al final de su vida, sí, la gente le daba de comer. Pero esperó durante años cuando nadie le daba nada.
El último amanecer
Hachikō se hizo viejo. Tenía 11 años, una oreja caída y estaba enfermo, aunque nadie lo sabía. En la madrugada del 8 de marzo de 1935 lo encontraron hacia las seis de la mañana a la entrada de un callejón cerca de la estación, sin vida. Estaba tumbado con la cabeza orientada hacia el este, hacia el cementerio de Aoyama, donde estaba enterrado Ueno.
El estudio de 2011 confirmó que padecía un cáncer terminal y tenía el corazón lleno de parásitos. Llevaba tiempo sufriendo y, aun así, siguió yendo a la estación hasta el final. Su muerte conmocionó al país y cientos de personas acudieron a su funeral. Parte de sus restos se enterró en Aoyama, junto a su dueño, y su cuerpo fue disecado. Todavía hoy puede verse en el Museo Nacional de la Naturaleza y la Ciencia de Tokio.
Lo que quedó después
Durante la Segunda Guerra Mundial, la estatua de Shibuya se fundió para fabricar armamento. En 1948, el hijo del escultor original hizo una nueva: es la que sigue allí, convertida en el punto de encuentro más famoso de Tokio. En 1987 Japón llevó su historia al cine, y en 2009 Hollywood hizo su versión con Richard Gere, Siempre a tu lado.
Pero quedaba un cabo suelto. Yaeko, la mujer que vivió con Ueno casi diez años, murió en 1961. Como nunca se casaron, no fue enterrada con él. Tuvieron que pasar 55 años: en 2016, por fin, parte de sus cenizas se depositó junto a Ueno y Hachi. Un año antes, en 2015, la Universidad de Tokio había inaugurado otra estatua. En ella Hachi no espera sentado: salta de alegría hacia Ueno, que por fin ha vuelto a buscarlo. El reencuentro que nunca vivieron.
Como Laika o Cher Ami, Hachikō acabó siendo el rostro de algo mucho más grande que él mismo. Ellos sirvieron en una carrera espacial y en una guerra que nunca eligieron. Él solo eligió a una persona.
No sabemos qué esperaba encontrar. Solo sabemos que lo siguió buscando durante casi diez años.
Cronología
- 10 de noviembre de 1923Nace en una granja de Ōdate, en la prefectura de Akita.
- Enero de 1924Llega a Tokio en tren y lo adopta el profesor Hidesaburō Ueno.
- 21 de mayo de 1925Ueno muere de una hemorragia cerebral en la universidad. Hachi lo espera en la estación.
- 1925–1932Pasa por varias casas, se escapa una y otra vez y acaba viviendo con el jardinero Kikusaburō Kobayashi, cerca de Shibuya.
- 4 de octubre de 1932El Asahi Shimbun publica su historia y todo Japón lo conoce.
- 21 de abril de 1934Se inaugura su estatua de bronce en la estación de Shibuya, con él presente.
- 8 de marzo de 1935Muere cerca de la estación a los 11 años.
- 1948Se levanta la nueva estatua de Shibuya, tras fundirse la original durante la guerra.
- 2011El análisis de sus restos confirma un cáncer terminal y una infección por filarias.
- 2015La Universidad de Tokio inaugura la estatua del reencuentro entre Hachi y Ueno.
- 2016Parte de las cenizas de Yaeko Sakano se entierra junto a Ueno y Hachi en Aoyama.
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Preguntas frecuentes
¿Quién fue Hachiko?
Hachiko fue un perro de raza akita nacido en 1923 en Ōdate (Japón). Su dueño, el profesor Hidesaburō Ueno, murió en 1925, y Hachiko siguió acudiendo a la estación de Shibuya a la hora de su tren durante casi diez años, hasta su muerte en 1935.
¿Cuánto tiempo esperó Hachiko a su dueño?
Desde la muerte de Ueno, el 21 de mayo de 1925, hasta la suya, el 8 de marzo de 1935: casi diez años.
¿Es verdad que Hachiko solo iba a la estación por la comida?
Es una teoría que cobró fuerza cuando, en 2011, se hallaron restos de brochetas de yakitori en su estómago. Pero Hachiko ya acudía a la estación en vida de Ueno, y durante años los vendedores lo espantaban en lugar de alimentarlo. La comida llegó cuando ya era famoso.
¿De qué murió Hachiko?
El análisis de sus restos realizado en 2011 confirmó que padecía un cáncer terminal y una grave infección por filarias (gusanos del corazón).
¿Dónde está Hachiko hoy?
Su cuerpo disecado se exhibe en el Museo Nacional de la Naturaleza y la Ciencia de Tokio, y parte de sus restos descansa junto a Ueno en el cementerio de Aoyama. Su estatua de Shibuya, reconstruida en 1948, es uno de los puntos de encuentro más famosos de Tokio.
Fuentes y bibliografía
- Museo Nacional de la Naturaleza y la Ciencia de Tokio: ficha y exposición de Hachikō
- Universidad de Tokio, Facultad de Agricultura: materiales sobre el profesor Hidesaburō Ueno y Hachikō
- Pamela S. Turner, Hachiko: The True Story of a Loyal Dog
- Asahi Shimbun, 4 de octubre de 1932
